Posted by Niko Ramone | File under :

A los 34 años, Ricky Espinosa, líder del grupo Flema, les dijo a sus compañeros de banda “me voy a tirar”, y saltó de un quinto piso.

Ahora te voy a hacer escuchar las canciones de mi proyecto electrónico." Ricky Espinosa puso un cd-r en el radiograbador con compactera; aquellos sonidos parecían surgidos de la prehistoria digital, sin que mediara en semejante gesto ni un poco de actitud retro. Las canciones hablaban de lo de siempre: "Las visiones de un tipo que tiene diecisiete años de adicto. ¿De qué querés que hable? ¿De Internet? Si yo no tengo computadora. Los únicos ratones que conozco son los que hay en casa", dijo durante el que fue nuestro último encuentro. De eso mismo hablaban otras canciones inéditas, "las stones", según Ricky. Me contó que amaba el rocanrol y a los Rolling Stones, pero que el hermético grupo de punks que seguía a Flema no le permitía que tocara esos temas en vivo. "Van a quedar inéditos y los va a editar mi Yoko Ono, o mi Courtney Love", bromeó entre risas.
Ricky vivía con sus padres en Avellaneda, en una casa muy pobre a la que se accedía por su pieza; más bien, por esa porción de la vivienda en donde Ricky dormía. No era exactamente una habitación, no estaba aislada. Era un living grande, dividido por un placard. Del otro lado, el que no era el suyo, había una foto de un viaje de egresados a Bariloche y un par de imágenes religiosas. Ahí nomás estaba la habitación de los padres, y más atrás, la cocina y el baño. El terreno de Ricky, aunque integrado en el resto de la vivienda, estaba bien delimitado: en las paredes había graffiti con la a anarquista, frases, fotos, afiches (propios y de El Otro Yo) y varios discos y casetes.
Mientras hablábamos aquella tarde sentados en su cama, en la cocina su mamá cocinaba y, más atrás, su padre trabajaba en un pequeñísimo taller. Los vi cuando pasé al baño. Saludé y me miraron sin decir nada. No parecían tener la mejor impresión de los amigos que su hijo llevaba a la casa. Un rato antes, en un bar que está a un par de cuadras, Ricky me había contado que su padre lo había echado varias veces de su casa, pero que una y otra vez volvía y tenían que aguantarse mutuamente. Allí también me había dejado esperando, durante un paréntesis que abrió en la entrevista; en un momento me dijo "ya vengo, voy a pegar un papel", y volvió una hora después.
Me contó que había intentado suicidarse varias veces pero que era un inútil, ni para eso servía. No había estridencia en sus palabras. Ese era su tono, y ésa era su manera de encarar el mundo.
Ricky era el más punk de todos, capaz de hacer que los Sex Pistols parecieran ’NSync. Era un escéptico total que descolocaba a su interlocutor poniéndose siempre del lado de un nihilismo extremo. Como si se tratara de un duelo, de un permanente a ver quién se la banca más. Solía decir que creía sólo "en el instinto y el impulso", y que la única victoria que había obtenido en toda su vida era hacer canciones y que fueran editadas en un disco.
Dos días después de aquel encuentro lo visité en el camarín de Cemento, a las 4 de la mañana. Me convidó vino de una caja de cartón y me presentó a los músicos de la banda. Ya tenía la cara pintada y llevaba puesta la remera que decía flema es una mierda. Una hora después salió a escena y recibió, triunfal, una lluvia de gargajos. Todo eso fue en abril del año pasado.
El último 31 de mayo, Ricky Espinosa había terminado de grabar un nuevo disco de Flema, Cinco de copas. Estaba jugando al Playstation en el departamento de Luichi, el guita- rrista, con los demás integrantes del grupo. En un momento se levantó y dijo "me voy a tirar". Todos pensaron que era una broma. Pero no: Ricky caminó hasta la ventana y saltó desde el quinto piso. Para la historia dejó ocho discos con Flema, dos con Flemita (su banda paralela, de covers) y uno solista: Vida espinosa. Dejó también la sensación de que será muy difícil que el rock vuelva a hablar con un lenguaje tan filoso, llano y descarnado.
Ricky Espinosa no era un gran artista, pero era un artista único. Si no, pregúntenles a los pibes que llenaban Cemento. O a los fans que lo lloraron en la casa de un tío donde terminaron velándolo, porque ninguna cochería se quiso hacer cargo del presunto bardo que podía resultar su sepelio. Porque, muerto y todo, Ricky siguió haciendo quilombo, como su admirado Kurt Cobain. Eso también fue un triunfo. Otro más, Ricky.