Posted by Niko Ramone | File under :

Primero fue un obras repleto; años más tarde fueron tres; al siguiente, cuatro, y después nada parecía alcanzarles: seguidilla de Obras, Vélez, River. Como nunca antes, una cantidad importante de público adolescente pudo identificarse con un grupo de rock y demostrarle todo su amor y fidelidad. Sin embargo, no había sido en aquella primera noche calurosa de febrero de 1987 cuando se gestó el amor incondicional de Ramones con su gente en la Argentina. Para aquella primera visita, aún con Dee Dee en el bajo y Ritchie en batería, se congregaron curiosos, unos pocos fans, viejos rockers, lo que quedaba de la primera armada punk local y algunas celebridades pop del momento. Mientras Luca Prodan pasó inadvertido, a Charly García tuvieron que esconderlo para que los punks más intransigentes no lo molieran a palos.
Cuatro años después, la situación fue muy distinta: los Ramones tocaron durante tres noches, junto a Violadores, en un estadio abarrotado de jovencitos que por fin encontraban una banda con la cual podían sentirse de igual a igual. Sin conocer más que un par de frases que sonaban más bien a gritos tribales ("¡Hey Ho!", "¡Gabba Gabba Hey!"), tal comunión radicaba en la actitud de cuatro tipos que, así como no sorprendían, tampoco defraudaban a nadie. Era casi matemático. Desde el comienzo con "The Good, The Bad, The Ugly", de Ennio Morricone, hasta el "Thank you, good night", nunca pasaba más de una hora y cuarto de concierto, con 33 temas sin respiro. Tan matemático como las visitas nocturnas e interminables de Joey al programa de radio Heavy Rock & Pop, donde, además de oficiar de disc-jockey, nunca parecía cansarse de responder preguntas. Los Ramones rompieron con la imagen de rockers bonitos, arregladitos, con canciones complicadas y poses de stars. Nunca vinieron a Buenos Aires con más equipaje que un bolso de mano. Caprichos de la globalización rockera: lo que cuatro desgarbados de Queens quisieron expresar cuando se propusieron formar una banda, primero lo entendieron algunos inquietos chicos de Londres y, muchos años más tarde, miles de fanáticos en Buenos Aires. Y, entonces, esos miles erigieron al grupo como suyo. Esos pibes -que promediaban los 18 años, se vestían con cualquier remera de diseño ramonero o punk y calzaban jeans negros- parecían insaciables. ¿Cuál era el sentido de ver una y otra vez, durante una misma semana, a una banda que repetía el mismo set todas las noches, que en ninguna de sus visitas presentó modificación alguna en su propuesta escénica? Ya lo había resumido el baterista Ritchie Ramone cuando se fue del grupo; se quejaba de que los Ramones sólo tocaban dos ritmos: rápido y más rápido. Los chicos sabían que sólo se trataba de rock & roll, les encantaba, les daba una dimensión distinta a sus vidas y, por sobre todo, los (nos) hacía felices. "El rock & roll era el salvador", había dicho Joey alguna vez, recordando su propia adolescencia. "Te daba la sensación de ser un individuo."
Para los Ramones, cada año la situación en la Argentina se les presentaba más desmesurada. Los esperaban en el aeropuerto, algunos fans se hospedaban en el mismo hotel, y miles se quedaban haciendo guardia, estoicos, en la puerta. Buenos Aires conocía la versión más aproximada de la Beatlemanía. La histeria provocó la rotura de un vidrio de la entrada del Sheraton y del vallado del porche de ingreso del Hyatt.
¡Por los Ramones!
Por los únicos que daban alegría garantizada por el precio de una entrada.
Así llenaron el estadio de Vélez en 1994, en un recital junto a Motörhead, y en 1996 llegó el Gran Final en la cancha de River, con Die Toten Hosen e Iggy Pop como teloneros (cuando una multitud de chicos que se enteró de que no conseguiría entradas en uno de los puestos de venta, redujo a astillas el local). Fue la última vez. Como ellos mismos aseguraron, nunca hubo una gira de regreso. Ni la habrá. Con la desaparición de Joey, los Ramones pusieron punto final a su historia y a la vez aquí se acaban todas las especulaciones sobre una vuelta. Aquella alegría quedó un poco (más) resquebrajada.
Ya nadie te puede garantizar una hora y cuarto de felicidad completa, por el precio de una entrada.