Posted by Niko Ramone | File under :

No es fácil encontrar y entrevistar a Ricky “Flema” Espinosa. Sin embargo, mucho puede decirse sobre él: estrella del punk rock local, poeta maldito, performer suicida (capaz de atreverse a tocar “Honky Town Woman” de los Rolling Stones soportando impasible los botellazos del público punk) y cultor del glitter rock más rastrero e impactante, Ricky Espinosa es, a su pesar, un mito. Y, como tal, tiene una parte oscura e incomprensible. El mito gira alrededor del reviente y de su radical nihilismo. Realmente da la impresión de que a Ricky no le interesa nada. Pero entre el vendaval que generan Flema, Flemita y sus proyectos solistas, lo que hace que Espinosa se distinga entre tantos clichés (sexo, drogas, punkrock & roll y “no future” son los pilares de su obra) es su interés por documentar, con una honestidad verdaderamente brutal, su propia vida. Una vida auténticamente decadente: una vida espinosa, juego de palabras que le dio título a su único disco solista. Y si su actitud es autodestructiva, sucede en forma consciente.El público de Flema, el que corea la letra de “Si yo soy así” (“Si yo soy así no es por culpa de la droga/ Si yo soy así no es por culpa del alcohol”) debería saberlo mejor que nadie. “Sonriendo me hundo un poco más”, canta Ricky en uno de sus últimos discos. El reviente es entonces una excusa para ocultar un vacío aún más monstruoso. Y de tanto atacarse a sí mismo, el personaje hace imposible cualquier juicio. ¿Qué crítica se le puede hacer al grupo si el mismo Ricky supo aparecer, en la portada de Si el placer es un pecado, bienvenidos al infierno, con una remera que dice “Flema es una mierda”? Si Flema hubiera tenido un manager dispuesto a canalizar y amplificar las peripecias de Ricky, ya lo habrían convertido en un negocio, y no sólo por su carisma personal. La leyenda se sostiene con canciones: “Surfeando en el Riachuelo”, “No quiero ir a la guerra”, “Extremista”, “Más feliz que la mierda”, “Nunca seré policía”, “Metamorfosis adolescente”, “Una droga más” o “No pasa nada” dan cuenta de su raro talento para componer himnos punks. Claro que, desde un punto de vista convencional (desde casi cualquier punto de vista), el suyo es un talento desperdiciado o, por lo menos, desquiciado. Para empezar, a los 18 años se le rompieron un par de tendones en un incidente del que no quiere dar detalles. Por ese entonces, en Avellaneda, Ricky Espinosa era famoso por sus payasadas y por su habilidad como guitarrista. Ahora, con 34 años (casi 15 con Flema) es a la vez rolinga, punkrocker y metalero. Con ese prontuario, sus ambiciones se limitan a sobrevivir: cada show es una catarsis de saliva, electricidad y pogo y cada disco es un documental del sucio realismo que lo rodea. Ni más ni menos. Y aunque el grupo tenga el dudoso honor de haber ganado durante varios años seguidos las encuestas como “lo peor” del año, no hay ninguna intención de que eso cambie. Se entiende, entonces, el hecho de que no sea fácil hacerle una nota a Ricky. Pero, nobleza obliga, el autor de Caretofobia I y el reciente Caretofobia II, lo advierte de antemano: “No te puedo decir qué voy a hacer mañana. Es al pedo, porque apenas sé lo que voy a hacer dentro de un rato.” Después de varios intentos y charlas telefónicas, finalmente Ricky devuelve el llamado: dice que está en Lanús, en el Complejo Musical La Viga, sala con estudio de grabación y flemático centro de operaciones. “Escuchemos unos temas”, propone... y se va. “Hacele una nota al productor”, sugiere cuando vuelve junto a Pablo Podestá, el mártir que grabó todos los discos del grupo. Desde su visión, el líder de Flema y Flemita “es un profesional”. “Sabe lo que quiere hacer y lo que no quiere hacer. Lo mejor de todo es la polenta que tiene para llevar adelante su proyecto. Pero a veces es difícil grabar a Flema, porque tal vez no saben lo que quieren hacer: los demás integrantes también son como él.” Desde la consola, la letra de “Viejo y Cansado” es bastante elocuente: “No sirvo para vivir. No sirvo para morir. No sirvo para ser hombre. No sirvo para ser mujer. No sirvo para una mierda.” Minutos después, cuando se le pide una copia del disco, Ricky dirá lacónicamente que no tiene doble casetera. Luego, al comentarle la opinión de Podestá, la reacción será despectiva: “No, yo no tengo ningún proyecto: Flema es una realidad día a día. Estaba en mi casa y quería hacer un disco. Me tomé el bondi y vine a grabar. Eso fue todo.” La actitud de indiferencia de Espinosa se corresponde con su total desinterés por la prensa: charla por teléfono, busca una birra, invita a hablar a todos los que andan por ahí (“todos pueden participar”, añade socarronamente) y, por último, ante el reclamo de atención por parte del cronista, Ricky, con cara de niño tentado, dirá: “Yo te dije que vengas, pero no te dije que íbamos a hacer la entrevista.” Más tarde, en el grabador se escuchará una banda ensayando, chistes irreproducibles, carcajadas estruendosas, anécdotas (“la primera nota que mi hicieron fue en la casa de Gamexane; me había tomado 5 birras y terminé meando por la ventana”), voces de gente que entra y que sale y alguna que otra declaración de principios estéticos del estilo “no me gusta ensayar porque termina sonando muy robotizado. Las mejores tomas siempre son las primeras.” ¿Y la nota? “Esto es la nota”, dice Ricky, manager de Flema.