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En noviembre de 1976 el grupo inglés vomitó su primer sencillo, 'Anarchy in UK'. Johnny Rotten y Steve Jones recuerdan su vida de rebelión y suciedad. Hasta que llegó Margaret Thatcher. Por John Leland

Hace 35 años nació el punk: la insurrecta historia de Sex Pistols
Foto: Sex Pistols. De izquierda a derecha: Paul Cook, Sid Vicious, Steve Jones y Johny Rotten.

John Lydon (Johnny Rotten cuando berreaba en Sex Pistols) está sentado en un restaurante cercano a su casa de Los Ángeles. De repente, entona una canción alegre. Es una tarde tibia, y Lydon, nacido en Londres hace 55 años, lleva puesta una chaqueta de vinilo, un gorro de pescador, zapatillas de lona, medias con los colores de la bandera inglesa y una sonrisa exagerada que parece tan espontánea como consciente.
Es un hombre maduro, dedicado a explicar y recordar lo que hizo a los 19, cuando nació el punk y él fue protagonista principal. Se toma la tarea con el entusiasmo forzado de un presentador de circo, haciendo de hombre común cuando es necesario. Le pregunto qué tenía planeado hacer Sex Pistols en 1975. “Atacar. Atacar. Nada de estrategias defensivas. Sólo atacar. Pensábamos: ‘Todos estáis equivocados, no tenéis ningún derecho a decirnos quiénes o qué somos, o cuál es nuestro lugar”.
Y continúa: “Aporté una cuota de honestidad brutal a la música que no creo que hubiera antes. Lo más cercano que describe lo que sentía, y cuál era mi cultura, podría ser Working cass hero, de John Lennon. Era sobre la complacencia. No, no sé cuál es mi lugar, y nadie me lo va a decir. Yo lo averiguaré solo, gracias. No estoy feliz de ser un trabajador esclavo. Tengo un cerebro. Sí, tengo una pala, pero también un cerebro, y me gusta usarlo”.
"Eres un moralista", le digo, porque esa, después de todo, era otra dimensión de los Sex Pistols. Se ofende, pero sólo un instante. “No, son valores. Yo hago esto porque tengo valores. Hace unos años habría utilizado la palabra moral, pero la habría usado mal. La moral está basada en la religión y, ciertamente, yo no tengo nada que ver con eso”.
Después de pasar por un reality show en plan Gran Hermano con famosos, Lydon se dedicó a realizardocumentales sobre la vida salvaje que luego vendía a las cadenas de televisión. Además, hace surf, “muy mal”, según él. Desde 1979 está casado con Nora Foster, una alemana heredera de un imperio editorial. Su hijastra (hija de Nora), Ariane, tiene una banda de punk-reggae llamada The Slits.
La historia de Sex Pistols comienza exactamente por el final, el 14 de enero de 1978, en el Winterland Ballroom de San Francisco. Sid Vicious, el bajista de la banda, había tomado el papel de peligro andante, con la frase “Gimme a fix” [que tiene dos acepciones: Rescátame o Dame un pico] en el torso desnudo y una mala sensación sobre su destino como un sex pistols. “Quiero ser como Iggy Pop y morir antes de los 30”, había dicho Sid antes en esa gira. Y, aunque Iggy sigue en 2011 entre nosotros, Sid murió poco más de un año después, en febrero de 1979 con 21 años, a causa de unasobredosis de heroína que le proporcionó su madre. El guitarrista, Steve Jones, estaba harto de la inutilidad de Sid y del desdén descarado de Lydon/Rotten. En esa época, Lydon despreciaba abiertamente al mánager, Malcolm McLaren, a la banda y al estado de cosas. “No me gusta la música rock, no sé por qué estoy en esto”, había dicho en una entrevista. “Sólo quiero destruirlo todo”. Y el mánager, McLaren, estaba harto de la cada vez más estancada rutina del grupo. Se los había imaginado destruyendo a la industria del espectáculo, pero la industria del espectáculo era todo lo que tenían. “Cuando uno diseña estas cosas piensa que es el amo de su propio destino”, dijo McLaren más tarde. “Pero al final del día, estás creando un Frankenstein, sobre el que finalmente perderás el control”.
Incapaz de oírse a sí mismo sobre el escenario, Lydon miró a la multitud, mitad desafiante, mitad anticristo. Aunque entonces no lo sabía, sería su último día como Rotten durante muchos tiempo.Rotten tenía 20 dólares en el bolsillo, ninguna tarjeta de crédito ni pasaje de avión, ni plan, ni futuro. En otras palabras, los Sex Pistols estaban siendo los Sex Pistols, y eso se les estaba viniendo encima, con la claridad de las famosas últimas palabras de Rotten: “¿Alguna vez tuviste la sensación de que te estaban engañando?”.
"Sólo pensábamos: 'Atacar. Nada de estrategias
defensivas. Sólo atacar" (Rotten)
Durante su existencia de 26 meses, los Sex Pistols lograron un álbum, Never mind the bollocks. Here’s The Sex Pistols, un puñado de singles, unas pocas docenas de presentaciones en clubes, una tibia aparición en televisión, varios arrestos, dos despidos de compañías discográficas y un tipo de baile inventado por Sid (el pogo: grupos de gente saltando y pegándose patadas entre ellos). Cuando asustaban al público inglés, tres de los miembros vivían con sus madres y uno dormía en el local de ensayo sin agua caliente. Ninguno podía pagarse su propio piso. Rotten escribió God Save the Queen, la canción más famosa de la banda, en la mesa de desayuno de la casa de sus padres, mientras esperaba que le sirvieran su plato de judías. Sus mejores conciertos convocaron un par de cientos de personas, o menos, e incluso en el último, en el cavernoso Winterland, se repartieron 67 dólares cada uno. Habían desaparecido antes de que cualquiera de ellos cumpliera los 23 años.
De sus contemporáneos, los Buzzcocks escribían mejores canciones, los Ramones eran más perfectos conceptualmente, los Clash tenían menos conflictos internos y Siouxsie and the Banshees se vestían mejor. Pero fueron los Pistols quienes transmitieron la promesa vital de que los elementos del punk, incluyendo sus propias inadecuaciones, representaban algo más: un rechazo no sólo hacia el trabajo y las reglas, sino hacia los rebeldes de la generación previa. “Odio esa mierda”, dijo Rotten en la primera entrevista a la banda, cuatro meses antes de su primer concierto. “Odio a los hippies y lo que defienden. Odio ese pelo largo que llevan. Quiero que la gente salga y empiece algo nuevo, que nos vea y empiece algo nuevo, si no, estoy perdiendo el tiempo”. No podía saber lo lejos que llegaría su provocación. Cuando un presentador de la televisión británica comentó en un programa “el punk es una amenaza más fuerte a nuestro estilo de vida que el comunismo ruso o la hiperinflación” incluso resultó profético: en 1991, 13 años después de la ruptura de los Pistols, los visitantes al Budapest postcomunista verían una pintada que decía “¡Sid Vicious!” en la plaza Vorosmarty, donde una nueva cultura joven reclamaba su identidad con el lenguaje más fresco que conocía. Marilyn Manson escuchó Anarchy in the UK, el primer sencillo de los Pistols, publicado en 1976, cuando era un estudiante en la Heritage Christian School de Canton, Ohio. Para Manson, los Sex Pistols eran como el mapa del tesoro de un pirata, señalando el camino hacia el futuro. “Me golpeó como lo más aterrorizante que jamás había visto en mi vida, y eso que era un chico que conocía a Kiss”, dice Manson. Y continúa: “No creo que las bandas que después se presentaron a sí mismas como punk lo hayan entendido realmente. Si estaban tratando de ser como Sex Pistols, nunca lo lograron, porque no se trataba de sonar igual o de tener el pelo como ellos. Se trataba de todo el paquete y la presentación. Para mí era la mirada en los ojos de Johnny Rotten y las letras”.
En un café de West Hollwood, Steve Jones, londinense de 55 años (como John Lydon), guitarrista de los Pistols, tiene su propia visión sobre el significado del grupo. Es media tarde y Jones acaba de terminar su programa de radio diario, Jonesy’s Jukebox, con la aparición estelar de Slash, ex Guns N’ Roses y ahora en Velvet Revolver. Tiene una camiseta negra que pone Anarchy (Anarquía), los ojos cansados y un leve malestar por romper su promesa de no tomar más café. “¿Cómo te fue con John?”, me pregunta refiriéndose a mi encuentro con Lydon. “¿Te ha pegado?”, ironiza. Jones ha vivido en Los Ángeles los últimos 30 años y permanece sobrio desde hace 20. A pesar de vivir en la misma ciudad, tiene poco contacto con Lydon. “Yo lo que quiero es hacer dinero. Sex Pistols nunca hicimos dinero. Todos los demás ganaron mucho. Green Day ha ganado millones copiándonos, y todos estos idiotas también. Lo cual está bien, pero yo quiero hacer un poco de dinero”.
A los 55 años, Jones está tiernamente atento al movimiento de cualquier figura femenina que pasea por las veredas del bulevar de Santa Mónica y más que deseoso de compartir detalles sobre suexperiencia con el Viagra o los poderes curativos de las artes amatorias. Lo que no quiso compartir, hasta hace bien poco, es que incluso durante los días en los Pistols él secretamente siempre prefirió a grupos colosalmente populares como Queen, Boston o Journey, en lugar de las bandas de la escena punk. Cuando llegó el ingreso en el Rock and Roll Hall of Fame, en 2006, pensó en quién merecía reconocimiento de los Sex Pistols. “Quisiera agradecérselo a mi horrible padrastro, por haber abusado de mí, lo cual tuvo mucho que ver con que yo estuviera en Sex Pistols”. “Perdón, en lugar de decir ‘estuviera en Sex Pistols’, debo decir ‘fundara Sex Pistols”, se corrige, como si todavía tuviera que demostrarlo. “Porque si yo hubiera sido un buen chico con buenos padres, probablemente no habría tenido el deseo de tocar la guitarra furiosamente”. En el circo que fue Sex Pistols, Jones (guitarra) y Paul Cook (batería) nunca lograron la atención que tuvieron John (voz), Sid (bajo) o Malcom McLaren (mánager). Incluso entre estos tres últimos a menudo trataban a Jones y Cook como prescindibles. Pero escuchar ahora Never mind the bollocks. Here’s the Sex Pistols es escuchar el poder de sus virtudes convencionales del rock. Se trata de rock en estado puro. “Rock and roll es el mejor modo de decirlo”, dijo Jones. “Porque no hay diferencias entre Little Richard, Jerry Lee Lewis y Johnny Rotten. Son lo mismo. Ése era el verdadero punk”.
Jones, hijo de una peluquera y de un boxeador, robaba ropa de tiendas en las que compraban ídolos de la época como Rod Stewart o Bryan Ferry. Luego progresó y le robaba la ropa directamente a las estrellas: un saco de piel de la casa de Ron Wood, de los Stones, ropa y una televisión de la de Keith Richards, dos guitarras de la de Rod Stewart, un equipo de sonido en un recital de Bowie, y varias baterías, micrófonos y demás. Al principio, no quería necesariamente aprender a tocar, sólo deseaba ser parte de la acción. “Yo no era como la versión barata de las estrellas de rock. De hecho, tenía la misma ropa que ellos. Me enorgullecía de mi guardarropa, incluso cuando tenía 12 años y era skinhead”,comenta Jones. “Todos los equipos que robé los utilicé al principio de mi formación. Yo quería ser parte de la música, era eso. Y ése era el único modo que conocía: robar equipos de música. Y ropa”.
Una de las tiendas en las que robaba era un negocio de ropa en Kings Road (Londres). Era propiedad de un tipo llamado Malcom McLaren y su socia Vivien Westwood. Había un jukebox (maquina de música de los años 50) y un sofá en el que la gente podía recostarse. Sex, como se llamó la tienda, era un destino ineludible para las estrellas del rock a las que les importaba la moda, y un lugar de encuentro para los jóvenes del Londres de mediados de los 70. Cuando Jones y Cook robaron los instrumentos, le pidieron a McLaren que fuera su mánager, aunque su limitada experiencia como representante de los New York Dolls (él les había vestido de cuero rojo y les había puesto la insignia comunista) era un desastre. “Yo no quería ser su mánager”, dijo McLaren, “lo hice más bien para que Steve Jones no robara en nuestra tienda”.
En los crispados finales de los 60, McLaren (nacido hace 65 años en 1946 en Londres y fallecido en abril de 2010) aportó una inteligencia chispeante que combinaba la teoría del pop, el sentido del humor y una visión glamourosa del capitalismo. McLaren amaba los lemas pegadizos. La idea de Sex Pistols, dijo, surgió en su tienda Sex. “Yo vendía máscaras de goma y las ataba al jukebox mientras sonaban temas de Muddy Waters y de Iggy Pop. Fue una idea que yo tenía mucho antes de que se formaran los Sex Pistols. Ellos fueron la plataforma para que esa idea que tenía saliera fuera de mi pequeña tienda. Y lo llevaron a los grandes medios. De ese modo yo forcé, manipulé y creé Sex Pistols, y al hacerlo supuse que se convertirían en atracciones fatales, en personas a las que sería peligroso conocer. Me gustaba la idea de que tocaran siempre como si estuvieran al borde del colapso y del desastre. Y pensé que una vez metidos en ese desmadre serían aún el doble de excitantes”, contó hace años a ROLLING STONE.
"Yo lo que quiero es hacer dinero.
Sex Pistols nunca hicimos dinero" (Steve Jones)
McLaren continuó: “No veía a los Sex Pistols como un grupo. Los veía como una idea. Era una idea en constante movimiento. Al revés que un escultor con su espátula o un pintor con sus pinceles, esto era mucho más orgánico porque eran reales, pero seguían siendo una idea, y fueron usados como una idea”.
“Sean infantiles”, escribió McLaren en el manifiesto que aparece citado en la exhaustiva historiaEngland’s Dreaming: Anarchy, Sex Pistols, Punk Rock, and Beyond, de Jon Savage. “Sean irresponsables. Sean irrespetuosos. Sean todo lo que esta sociedad detesta”. Desde el momento en que se formaron bajo el asesoramiento de McLaren en el verano de 1975, los Sex Pistols eran ese manifiesto hecho vida.
¿Era la banda de Malcom McLaren o la de Johny Rotten, o era un grupo nacido en las cloacas y dispuesto a llenar de mierda a todo el mundo? La batalla por el control del grupo era incluso visible en los conciertos. En los primeros tiempos, Rotten se esforzaba por humillar a McLaren desde el escenario: “Consígueme una cerveza, Malcom, subnormal”. Y McLaren le contestaba en el mismo tono: “Vete a la mierda: consíguela tú solo”.
Tres décadas más tarde, Lydon sigue en la batalla. “Si quieres saber quién hizo qué cosa con Sex Pistols, pregúntale a los Sex Pistols”, dice, mirando a la gente que pasea por Los Ángeles. Cuando la banda se separó, Lydon pasó ocho años reclamando dinero a McLaren. “Era un gran cabrón”, dice ahora.
“Yo simplemente quería que destruyeran la industria de la música tal y como la conocíamos”, se defendió en su momento McLaren. “Esa era la base para hacer cualquier cosa. Quería destruir las reglas, el control, la mentira y la falsedad de todo”. McLaren sentía que era el único modo de cambiar.
“John tiene una opinión diferente sobre él, pero Malcom fue una parte importante de todo”, dice hoy el guitarrista de los Pistols, Steve Jones. “Puedes tratar de negarlo, pero él tuvo mucho que ver con lo que llegamos a ser. A él no le importaban los asuntos financieros. Yo quiero reconocer su tarea. Todos actúan como si McLaren hubiera sido una especie de diablo. Eso no es cierto. Eso es parte de por qué estábamos donde estábamos, igual que con mi padrastro. Malcom hizo que las cosas fueran por determinado camino”.
Para los planes pop de Malcom, Lydon aportó el resentimiento por haber crecido siendo pobre e irlandés en el barrio de Finsbury Park, al norte de Londres, cuna de los famosos gánsteres gemelos, los hermanos Kray. Hijo de un operador de grúas y una madre a la que le gustaba Alice Cooper y los Stooges, adquirió su distintiva mirada ruda y su joroba de una meningitis espinal que padeció de pequeño y que le dejó en coma durante siete meses. Cuando sus padres le echaron de casa después de que se cortara el pelo y se lo tiñera de verde, se mudó al apartamento de un amigo de la escuela llamado John Beverley, a quien él bautizó Sid, igual que un hámster que había tenido de mascota.Eran adolescentes que vivían solos sin electricidad ni agua corriente, ganando dinero en apuestas callejeras que consistían en apagarse cigarrillos en las muñecas por cinco libras. Sid era un clon de Bowie, una víctima de la moda. Se arreglaba el cabello metiendo la cabeza en el horno, y portaba los signos de un origen negligente: una vez, cuando un amigo lo vio hirviendo una jeringa para inyectarse speed, él le explicó: “Es de mi mamá”.
"Me gustaba que tocaran al borde
del colapso y el desastre" (Malcom McLaren)
En el verano de 1975, Lydon entró en la tienda de Malcolm McLaren, Sex, con una camiseta de Pink Floyd que había decorado con la frase “yo odio a” antes del nombre de la banda. Aunque no tenía ambiciones musicales, uno de los socios de McLaren le vio con el carisma negativo que la banda necesitaba, que hasta el momento consistía en Jones, Cook y un empleado de la tienda llamado Glen Matlock, que tocó el bajo hasta que le sustituyó Sid Vicious. Para su audición, Lydon cantóEighteen, de Alice Cooper, con una manguera de ducha que simulaba un micrófono. Fue un caos... y, evidentemente, entró en la banda. Sid, que todavía no estaba en el grupo, se convirtió en el fan número uno, un sitio de honor en una escena en la que los fans eran tan centrales como los músicos.
La Inglaterra de la que emergieron era combustible, estaba lista para el cambio. Más de un tercio de la gente menor de 25 años cobraba el desempleo. Como la subcultura del hip-hop que se formó en Nueva York en esos mismos años, el punk se creó menos como un estilo musical que como la autoproclamación de una generación que se estaba volviendo económicamente prescindible, temida por los propios padres que les habían fallado.
Vestidos con ropa de Sex o con trajes hechos con bolsas de basura (un homenaje a una huelga de basureros que dejó la ciudad cubierta de pilas de bolsas pudriéndose), los Pistols lograron llamar la atención de los medios y de un público que inmediatamente formó sus propias bandas: Billy Idol y Generation X, Siouxsie and the Banshees o Buzzcocks. En homenaje a los problemas de sinusitis crónicos de Lydon, el público demostraba su afecto bañando al músico en un fusilamiento de escupitinajos. Se convirtió en un ritual de sus conciertos.
“Era fantástico, era todo un espectáculo”, dice Jones sobre los primeros conciertos. “La gente venía a vernos con pantalones acampanados y, a la semana siguiente, aparecía con alfileres. Uno sabía que estaba en algo completamente diferente. ¿Cuánta gente forma una banda y no pasa nada? Sex Pistols no sólo tuvimos éxito, sino que fuimos influencia de muchas otras bandas, de la moda y de todo lo demás”.
En 1979, Margaret Thatcher, la dama de hierro del partido conservador inglés, fue elegida Primera Ministra del Reino Unido en base a promesas como cortar los subsidios sociales que sostenían a gran parte de la generación punk. Los seguros de desempleo que los Pistols habían mimado en el escenario estaban ahora en el centro de la política británica. Al año siguiente, Ronald Reagan se convirtió en el presidente de Estados Unidos, comenzando el movimiento hacia la derecha que dominó la política norteamericana durante muchos años. Curiosamente, la caída de Sex Pistols, incluyendo la muerte de Sid en 1979, transcurrió en un clima más duro que aquel en el que la banda había declarado que “no había futuro”.
Incluso después del último concierto en Winterland, habría otros finales: la sobredosis de heroína (no fatal) de Sid esa misma noche, la separación de la banda unos días después, con Rotten y McLaren intercambiando acusaciones en público, la sobredosis letal de Sid (esta vez sí) en febrero de 1979, la demanda legal de Lydon a McLaren que duró ocho años, acordada en 1986 por 880.000 libras (un millón de euros) y los derechos de propiedad intelectual. Además, las terribles declaraciones de Lydon sobre el legado de la banda en 1989: “Yo ya no reconozco la importancia de los Sex Pistols. Ya fue, terminó. Las únicas personas interesadas en Sex Pistols son los yuppies, porque finalmente Never mind the bollocks se consigue en cd. Queda muy bien entre John Denver y Barry Manilow”. Además de las penosas reuniones de la banda en la década de 2000. Y, finalmente, como prueba de que el fantasma de Pistols no debía ser ya temido, estuvo la extraña aparición de Lydon, en 2004, en el concurso de telerrealidad inglés I’m a Celebrity. Un final que parecía dejar claro que no se necesitaban más finales.
Aquí puedes ver una interpretación de 1976 de Anarchy in UK. Todavía exuda agresividad, ¿eh?